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Analysis

La redistribución de distritos se trata del cambio demográfico, no de juegos político partidistas

A medida que se trazan nuevos mapas de distritos, es crucial realizar la representación política que amerita el crecimiento poblacional

October 8, 2021
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Tamir Kalifa/Getty

Por Yurij Rudensky y Gabri­ella Limón 

Ya ha comen­zado el proceso de redis­eño de los distri­tos elect­or­ales para el Congreso y las legis­lat­uras estatales de todo el país. En las próx­i­mas semanas y meses, habrá mucha discusión sobre estos mapas. Segura­mente para los report­eros y otras perso­nas que obser­van el proceso, la tenta­ción será anal­iz­arlo a través del lente simpli­fic­ado de la batalla entre los prin­cip­ales partidos, centrada en los ganadores y perde­dores políti­cos. 

Pero la redis­tribu­ción de distri­tos no es solo una historia sobre los efec­tos partidistas de los mapas. El objet­ivo del proceso es hacer que los distri­tos, y la repres­enta­ción, refle­jen los cambios pobla­cionales y demo­gráfi­cos. Y así, el aspecto más relev­ante y de más peso es el impacto real de los mapas en las comunid­ades y, en partic­u­lar, en las comunid­ades de color. 

Las comunid­ades de color impulsaron el creci­mi­ento del país en la última década. Por primera vez en la historia, estas comunid­ades fueron respons­ables por todo el creci­mi­ento pobla­cional del país. Trazar mapas de repres­enta­ción que revelen a esta nación emer­gente, una multir­ra­cial y multiét­nica, nunca ha sido más urgente dada la persist­ente falta de repres­enta­ción apropi­ada de estas comunid­ades. 

Las familias lati­nas, negras y asiát­icas se están mudando cada vez más a los subur­bios, convir­tiendo estos lugares histórica­mente homo­géneos en áreas diver­sas. Las pref­er­en­cias polít­icas de estas comunid­ades emer­gentes se deber­ían refle­jar en repres­ent­antes que lleven sus perspectivas y exper­i­en­cias a las cámaras legis­lativas y que brinden a sus electores los servi­cios necesarios. A medida que los esta­dos y las local­id­ades trazan sus mapas, se debe eval­uar qué tan bien se mani­fi­estan estos cambios. 

Para mejor desta­car la evolu­ción de estos cambios en el país, el Bren­nan Center publica este análisis de las tend­en­cias demo­gráficas de la última década en cuatro esta­dos: Flor­ida, Geor­gia, Caro­lina del Norte y Texas. 

Este análisis se centra en los grupos raciales y étni­cos que están impuls­ando el creci­mi­ento y la distribu­ción geográfica de los cambios de pobla­ción en los esta­dos. El objet­ivo es resal­tar las trans­form­a­ciones demo­gráficas y sociales que deber­ían guiar el actual ciclo de redis­tribu­ción de distri­tos y ser evid­entes en los mapas nuevos. 

En los cuatro esta­dos se encuen­tran dinám­icas simil­ares de rápido creci­mi­ento de la pobla­ción. Todos cuentan con un proceso de redis­tribu­ción de distri­tos domin­ado por un solo partido político y todos tienen una desa­for­tu­nada historia reciente de mal manejo de distribu­ción de distri­tos y de discrim­inación racial. Más import­ante aún, todos han visto avances signi­fic­at­ivos entre las pobla­ciones no blan­cas en subur­bios que alguna vez fueron en su mayoría blan­cos ya que fueron diseña­dos específica­mente para excluir a las perso­nas de color. Y, en general, las crecientes comunid­ades de color ya han comen­zado a trans­formar el equi­lib­rio de poder, lo cual pone en riesgo estruc­turas de poder arrai­ga­das. 

Por ejem­plo, en el condado de Gwin­nett en Geor­gia, a las afueras de Atlanta, las comunid­ades lati­nas, negras y asiát­icas se han movil­iz­ado para cambiar el panor­ama político en todos los niveles de gobi­erno, en muchos casos, super­ando la resist­en­cia de las estruc­turas de poder de los blan­cos. Lo mismo es cierto en Sugar Land, Texas, una vez defin­ido por el éxodo de los blan­cos desde la cercana ciudad de Hous­ton. Ahora el 41 por ciento de la pobla­ción son asiáti­cos y el 62 por ciento son perso­nas no blan­cas. Las áreas alrededor de Char­lotte y el Research Triangle en Caro­lina del Norte y Orlando, Flor­ida, siguen tend­en­cias simil­ares. 

Los autores de mapas en estos esta­dos tendrán que tomar decisiones acerca de cómo mane­jar a estas comunid­ades diver­sas. 

En algunos lugares, las comunid­ades de color habrán crecido lo sufi­ciente como para poder presentar desafíos legales a mapas injus­tos bajo las leyes de derecho al voto. Pero incluso cuando las deman­das no sean posibles, se tomarán decisiones sobre la creación de nuevas opor­tunid­ades elect­or­ales para comunid­ades minor­it­arias import­antes y en creci­mi­ento. 

Si la historia nos sirve de guía, es poco prob­able que quienes decidan cómo se dibujen los distri­tos le abran paso al futuro multir­ra­cial y multiét­nico. Por ende, se asoma la amenaza de otra década de mapas discrim­in­ator­ios. Desa­for­tu­nada­mente, el Congreso aún no ha actu­ado para forta­le­cer las protec­ciones legales para las comunid­ades de color aprobando leyes como el Proyecto Ley de Liber­tad Para Votar, o “Free­dom to Vote Act”, y el Proyecto de Ley de Promo­ción de los Derechos Elect­or­ales John R. Lewis, o John R. Lewis Voting Rights Advance­ment Act

Pero esa falta de acción no debe tomarse como luz verde para trazar distri­tos que diluyan la influ­en­cia de las comunid­ades lati­nas, negras y asiát­icas. A medida que los esta­dos hacen públi­cos sus nuevos mapas de distri­tos, se debe prestar aten­ción sobre todo a si las líneas de la próx­ima década plas­man a un Esta­dos Unidos trans­for­m­ado o si el dibujo de límites discrim­in­ator­ios y las reac­ciones viol­entas contra las comunid­ades de color socav­arán la repres­enta­ción justa durante otra década.