Cómo la corrupción afecta la democracia
Cuando los funcionarios electos son corruptos, la ciudadanía participa menos en el proceso democrático y pierde la confianza en el gobierno.
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- Si no se le pone un freno, la corrupción puede terminar socavando las bases de una democracia liberal.
- La ciudadanía se vuelve cada vez más dispuesta a justificar los comportamientos corruptos dentro de su propio partido político, mientras priorizan los objetivos partidistas sobre la gobernanza con integridad.
El sistema político estadounidense se encuentra en un período de corrupción política desenfrenada y sin control. Hasta la mera percepción de la corrupción contribuye a la pérdida de confianza del pueblo estadounidense en el compromiso del gobierno para resolver los problemas que enfrentamos en la vida diaria.
Si no se le pone un freno, la corrupción puede terminar socavando las bases de una democracia liberal; por eso, es indispensable encontrarle una solución para las iniciativas de reforma democrática.
Si bien el término “corrupción política” suele utilizarse para referirse a cualquier cosa de desagrado o desconfianza del hablante, su definición formal es el abuso de un cargo público para beneficio privado.
Ese “abuso” en materia de corrupción no se limita únicamente a los comportamientos ilegales. Engloba cualquier incumplimiento de las normas básicas de comportamientos y deberes que implica ocupar un cargo público, incluso las decisiones que se toman con extrema imparcialidad o en contra de las políticas públicas establecidas.
“Beneficio privado” significa que el comportamiento en cuestión no es ni para beneficio público ni de interés público, y puede incluir beneficios económicos u otras ventajas injustas, como el uso del poder o la influencia.
El beneficio privado en cuestión no tiene por qué ser para el funcionario público, sino que también puede ser para sus familiares, amigos, aliados u cualquier otra persona —incluso para organizaciones y empresas— a los que el funcionario público quiere beneficiar.
Por lo general, la corrupción daña las políticas públicas y la toma de las decisiones gubernamentales porque toma los recursos que supuestamente son para el beneficio público y los destina a un grupo de personas privilegiadas favorecidas.
A medida que la corrupción se va arraigando, los bienes públicos como la educación, la atención de salud, la infraestructura y la seguridad pública sufren. Pero la corrupción también causa daños menos evidentes como, por ejemplo, en la participación democrática.
La corrupción distorsiona la democracia electoral
Uno de los efectos más destructivos de la corrupción es que reduce la participación democrática. Un estudio tras otro demuestra que la gente es considerablemente menos propensa a votar cuando percibe a su sistema político como un sistema corrupto.
La corrupción también puede hacer disminuir otras formas de participación electoral —como la predisposición a realizar contribuciones de dinero a las campañas políticas o efectuar trabajos voluntarios para ayudar a administrar las elecciones—, con un grado significativamente mayor que la participación en las urnas. A medida que disminuye esta participación democrática, también baja la rendición de cuentas en la democracia, lo cual posibilita la profundización de la corrupción.
Vale aclarar que los efectos de la corrupción en la democracia no solo se ven en los sitios que se suelen considerar históricamente corruptos. En comparación con estos países, aquellos donde la corrupción ocurre en los niveles más altos del gobierno —como en los Estados Unidos— pueden verse aún más afectados.
A fin de cuentas, la corrupción genera una resignación política, es decir, la disminución de la voluntad de la ciudadanía de castigar a los líderes corruptos mediante su voto, lo cual crea un círculo vicioso donde los comportamiento indebidos quedan impunes.
Esta menor participación política se ve más pronunciada entre las personas ciudadanas que, de otro modo, tendrían los hábitos cívicos más afianzados: aquellas personas que votan con más regularidad, consumen la mayor cantidad de información política y tienen la mayor capacidad de movilizarse son las más vulnerables a sentir esta resignación política cuando creen que la corrupción es un problema generalizado.
Incluso unas pocas instancias de corrupción del más alto nivel pueden bastar para causar daños en una democracia, en especial porque la creencia popular de la magnitud de la corrupción política puede exceder la realidad de la corrupción y, así, se inicia un círculo vicioso donde la participación política disminuye (excepto por aquellos que se benefician o creen beneficiarse de la corrupción), los funcionarios corruptos quedan impunes, y la población votante se desilusiona cada vez más.
La corrupción también puede dañar la cultura política más amplia y las normas sociales que favorecen a la eficacia del autogobierno democrático.
Una de las formas en que la corrupción puede causar este daño es disminuyendo la calidad y el alcance de los servicios gubernamentales, lo cual menoscaba la opinión favorable de la ciudadanía hacia el gobierno.
Por ejemplo, se ha demostrado que la corrupción reduce los ingresos impositivos y aumenta los gastos gubernamentales debido a las transacciones extraoficiales. Les quita fondos a los programas sociales y la educación, lo cual profundiza la desigualdad en la distribución de la riqueza y, a su vez, puede socavar la democracia. Dado que reduce la eficacia y la rendición de cuentas del gobierno hacia el pueblo al que debería servir, la corrupción hace decaer el apoyo del pueblo hacia el gobierno en sí.
Además, la desilusión provocada por la corrupción menoscaba los valores cívicos fundamentales que sustentan la vida en democracia. La exposición a la corrupción puede incluso hacer a la ciudadanía menos propensa a creer que la democracia es la mejor forma de gobierno. Y lo que es más importante, la confianza social, la honestidad y la fe en la clase política y el gobierno se desvanecen en una sociedad que vive bajo un régimen popularmente considerado corrupto.
Los estudios demuestran que la corrupción reduce la confianza tanto en la clase política como en nuestros vecinos y, al mismo tiempo, aumenta la predisposición de las personas a incurrir en comportamientos corruptos también.
La erosión de la confianza contribuye directamente a una mayor polarización política. A medida que proliferan las alegaciones de corrupción, las personas partidarias se vuelven cada vez más propensas a ver el lado opuesto no solo como la competencia, sino como amenazas existenciales para la nación.
En ese entorno, la corrupción se vuelve un vehículo que profundiza las narrativas partidarias: cada bando acusa al otro de comportamientos indebidos sistémicos, en lugar de tratarse como opositores políticos leales. Y a medida que la polarización se endurece, la corrupción se arraiga aún más.
La ciudadanía se vuelve cada vez más dispuesta a justificar los comportamientos corruptos dentro de su propio partido político, mientras priorizan los objetivos partidistas sobre la gobernanza con integridad.
Cómo abordar y erradicar la corrupción
En resumen, tanto la realidad como la percepción popular de la corrupción reducen la participación y la confianza en el gobierno y en el sistema político en general. Por lo tanto, erradicar la corrupción únicamente por medio del voto es difícil; resulta esencial utilizar la cultura y la participación ciudadana en la lucha contra la corrupción. Para frenar la corrupción, se precisan normas sociales compartidas por toda la sociedad y reforzadas por una legislación fuerte.
A lo largo de la historia de los EE. UU., las reformas suelen surgir tras grandes escándalos. En la actualidad, la confianza en el gobierno federal ha bajado a niveles récord, incluso mucho más bajos que los registrados durante el escándalo Watergate. En una encuesta de 2025, el 70 por ciento de los participantes dijo creer que la corrupción en el gobierno federal es un problema importante.
En los Estados Unidos, la ciudadanía ha demandado una mayor rendición de cuentas mediante una serie de protestas frecuentes y pacíficas a lo ancho de toda la nación. Al menos tres de ellas se catalogaron como unas de las protestas de un día más grandes en la historia de los Estados Unidos.
Nuestros líderes deben responder a la demanda del público por un cambio. Resulta especialmente urgente promulgar políticas que aborden el poder del sector privado en el proceso electoral y los desbocados esfuerzos de obtener beneficios personales.
Para ello, el Brennan Center ha propuesto un ambicioso conjunto de nueve soluciones para resolver la corrupción política. Estas reformas, necesarias desde hace mucho tiempo, también ayudarían a recuperar la confianza del pueblo estadounidense en la política democrática.
A menos que solucionemos el tema de la corrupción, la democracia en los Estados Unidos —con una participación, justicia y representación plenas— se encuentra en peligro.
Traducción de Ana Lis Salotti