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- Un Congreso pasivo crea la oportunidad perfecta para los abusos del ejecutivo y los atropellos de la Corte Suprema.
- Algunos cambios necesarios implicarían que el Congreso tome las riendas —para hacerle rendir cuenta al presidente y supervisar los tribunales de justicia—, tal como prevé la Constitución.
En los últimos días, parecía como si el Congreso hubiera recuperado el pulso. Pero, al final, no. Hubo congresistas que se quejaron del fondo de sobornos de $1,800 millones que el presidente Trump propuso para los insurrectos, pero luego votaron en contra de una medida para impedirlo. La Cámara de Representantes aprobó una medida bipartidaria en contra de la guerra en Irán, pero terminó siendo una acción mayormente simbólica.
Ahora están haciendo aspavientos en contra del atacante partidario Bill Pulte como posible director nacional de inteligencia y del abogado de Trump Todd Blanche como posible fiscal general. Pero ¿harán algo al respecto? Yo lo dudo.
La abdicación del Congreso durante muchos años es gran parte de la razón por la que el gobierno de Estados Unidos no está funcionando bien. Raramente se le enfrenta al ejecutivo; al contrario, actúa como un órgano de apoyo o abucheo para quien sea que ocupe la Oficina Oval.
Un Congreso pasivo crea la oportunidad perfecta para los abusos del ejecutivo y los atropellos de la Corte Suprema. Hace décadas que está polarizada por el partidismo, pero ahora los dos partidos políticos apenas se hablan. Los comités, que antes eran fuentes de pericia y una excelente plataforma de ambiciones, ahora están ocupados por lobistas que les susurran al oído a los líderes del Congreso.
Además, la manipulación de los distritos electorales y la desregulación de la financiación de las campañas políticas implican que ahora quienes nos legislan pasan más tiempo recaudando fondos, con miedo a sus oponentes en las elecciones primarias o a una enorme contribución de fondos anónimos, en lugar de estar atendiendo a los intereses y necesidades de la vasta mayoría de sus electores.
¿Qué ocurrirá ahora? Pronto ese será el gran interrogante que anime la política estadounidense. El público está indignado y, al parecer, listo para medidas audaces. La ciudadanía se siente abatida por la incapacidad del gobierno de resolver sus problemas. Parece lista para volver a echar a patadas a los inútiles.
De cualquier forma, ya ha pasado más de una década desde que Trump realizó su primera campaña presidencial. Sus modos de transformar el partido republicano y luego la política fueron, al principio, novedosos y ofensivos. Ahora parecen una repetición insulsa.
Si el sistema político no puede actuar luego de que el electorado alce su voz en las urnas, estaremos sentenciados a un ciclo recurrente de indignación y decepción.
El Brennan Center ha lanzado una serie llamada “Soluciones para una democracia más sólida”, un conjunto de agendas políticas innovadoras que procuran iniciar una nueva era de reformas. Hasta ahora, hemos publicado recomendaciones para ponerle freno a la corrupción y reformar la Corte Suprema.
Hoy publicamos Ocho soluciones para destrabar el Congreso. Está compuesta de nuevas ideas —al menos, nuevas para nosotros— para hacer que el Congreso vuelva a cumplir con su trabajo. Para que funcione mejor. Para que se active.
Las autoras Maya Kornberg y Emily Whitehead señalan: “puede parecer increíble, pero los fundadores de nuestra Constitución querían que el Congreso fuera la rama de gobierno preeminente. Tal como escribió James Madison, ‘en un gobierno republicano, el poder legislativo necesariamente predomina’. A veces llamada ‘la rama de poder del pueblo’, el Congreso se estableció con el objetivo de representar fielmente la voluntad del pueblo”.
Sin embargo, en este momento, la aprobación pública del Congreso no sube del 10 por ciento, uno de los porcentajes más bajos registrados en la historia.
Algunos cambios necesarios implicarían que el Congreso tome las riendas —para hacerle rendir cuenta al presidente y supervisar los tribunales de justicia—, tal como prevé la Constitución. En la década de 1990, el presidente de la Cámara de Representantes Newt Gingrich (R) eliminó la Oficina de Evaluación Tecnológica y recortó recursos, lo cual redujo la capacidad del Congreso de efectuar una supervisión eficiente y hacer un correcto uso de sus facultades.
El Congreso debe restaurar esa pericia y ampliar su personal. La última vez que el Congreso reorganizó sus comités fue durante la década de 1970. Ahora, debería crear un comité de tecnología para centrarse en temas de la inteligencia artificial y otros cambios transformadores.
Otras medidas deberían reformar las cosas aún más.
El Congreso se parece cada vez más a una gerontocracia. En los recintos de Capitol Hill, el promedio de edad de los congresistas es de diez años más que cualquier legislador de otros países. A todos nos incomoda cuando leemos que hay legisladores viviendo recluidos en residencias asistidas, cuando se supone que deberían estar haciendo su trabajo, o cuando parecen desorientados, como le ocurrió a Diane Feinstein (D-CA) durante sus últimos años en el cargo. Este año, más de una docena de congresistas de más de 80 años se presentan para su reelección.
Por lo tanto, debería haber un límite de edad para los representantes y senadores. Rahm Emanuel, el exalcalde de Chicago y también congresista, propuso una edad de retiro obligatoria de 75 años. También podría ser más alta.