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- En los últimos años, la Corte se ha caracterizado por sentencias polarizadoras que han restringido los derechos constitucionales y ampliado desmesuradamente el poder presidencial.
- También ha sido objeto de graves escándalos éticos y polémicas batallas por la confirmación de sus magistrados.
La Corte Suprema de los Estados Unidos ejerce un poder inmenso con una mínima rendición de cuentas. Sus decisiones moldean la ley, las instituciones democráticas y la vida de las personas. Aun así, carece de mecanismos directos para hacer cumplir sus fallos. Su autoridad depende enfáticamente de su credibilidad ante la ciudadanía.
Hoy, la Corte Suprema enfrenta una crisis de confianza. La opinión favorable de los estadounidenses hacia la Corte se posiciona en mínimos históricos. Las encuestas demuestran que solo el 22 % de los votantes tiene “mucha” o “bastante” confianza en la Corte. El motivo es evidente.
En los últimos años, la Corte se ha caracterizado por sentencias polarizadoras que han restringido los derechos constitucionales y ampliado desmesuradamente el poder presidencial. También ha sido objeto de graves escándalos éticos y polémicas batallas por la confirmación de sus magistrados.
La Corte siempre ha tenido una dimensión política ineludible, los magistrados son nombrados por los presidentes con el consejo y consentimiento del Senado. Pero en los últimos años se ha desequilibrado cada vez más, a menudo representando la voluntad de una facción política. Desde George H. W. Bush, quien nombró al magistrado Clarence Thomas, el miembro con más años en la Corte actualmente, candidatos demócratas y republicanos han ganado la presidencia la misma cantidad de veces.
Sin embargo, los presidentes republicanos han nombrado a seis de los magistrados actuales, estableciendo una supermayoría en la Corte. De hecho, el último presidente de la Corte nombrado por un demócrata asumió el cargo en 1946. La extrema polarización en el Congreso ha resultado en tensas y acaloradas peleas partidistas por la confirmación de los magistrados, intensificando la politización en la Corte.
Los escándalos éticos han agitado aún más el ambiente en la Corte. Los informes sobre los magistrados que han aceptado viajes lujosos y regalos costosos por valor de millones de dólares, incluso por parte de personas con asuntos pendientes ante la Corte —además de participar en actividades de recaudación de fondos con fines políticos y controvertidas muestras de partidismo— han provocado la indignación pública, pero sin una rendición de cuentas efectiva.
En las últimas décadas, la Corte ha ejercido una influencia extraordinaria de una manera que habría sido irreconocible para los fundadores de la nación. Alexander Hamilton calificó al poder judicial como la rama “menos peligrosa”. Durante el primer siglo de los Estados Unidos, el Tribunal Supremo tuvo un papel bastante limitado y modestas ambiciones.
Luego, durante algunos períodos notables —en el Tribunal Taney (el cual emitió la sentencia Dred Scott); en la Era Progresista, cuando los magistrados bloquearon décadas de legislación social; y en los Tribunales Warren y Burger hace medio siglo (con sus trascendentales fallos sobre derechos civiles y procedimiento penal)— la Corte desempeñó un papel cada vez más central en la vida política. Cada uno de estos ejemplos generó una fuerte reacción pública.
El Tribunal Roberts ha devuelto a la institución al centro de la controversia pública. Ha desmantelado las leyes que protegían contra la influencia corruptora del dinero en la política, lo que ha propiciado el protagonismo de la riqueza en las elecciones y en la formulación de las políticas públicas de los Estados Unidos. Ha debilitado leyes emblemáticas, incluidas disposiciones fundamentales de la Ley de Derecho al Voto. Ha anulado medidas tomadas por el Congreso a un ritmo acelerado. Sentencias recientes resultaron en la anulación de numerosas leyes estatales y federales que regulan la seguridad de las armas de fuego.
También restringió drásticamente el poder de los organismos reguladores para proteger la salud pública y el medio ambiente. La Corte erosionó los derechos y las libertades individuales —incluido el derecho federal al aborto— de una manera que no se ajusta a los valores públicos. Y, más recientemente, con algunas excepciones notables, ha permitido que un poder ejecutivo irresponsable atropelle el sistema de frenos y contrapesos de los Estados Unidos, a menudo sin dar explicación alguna de sus sentencias. Estas decisiones también han generado una enorme reacción de la ciudadanía.
Hoy en día, el Tribunal puede parecer que funciona más como un órgano legislativo con una ideología definida que como un cuerpo judicial moderado. Como observó la magistrada Elena Kagan: “la manera en que la Corte mantiene su legitimidad y fomenta la confianza pública es actuando como un tribunal”. De lo contrario, los magistrados son simplemente “nueve personas sin supervisión alguna, personas que no son de elección popular” que “establecen las reglas de una democracia”.
Necesitamos una Corte Suprema fuerte que desempeñe el papel que le corresponde en nuestra democracia, protegiendo las instituciones democráticas, defendiendo el estado de derecho y salvaguardando los derechos individuales. Pero esta Corte ya no funciona como la concibieron los fundadores, ni como debería. Las reformas pueden reconstruir la confianza pública y restablecer el equilibrio en nuestro sistema de gobierno.
Esto requiere reconocer que la Corte Suprema es una rama del gobierno con poder equitativo, y como tal, puede y debe ser criticada con rigor. Así es como funciona Estados Unidos. La buena noticia es que las soluciones sensatas y populares pueden marcar la diferencia.
Además, deberían considerarse numerosas reformas para los tribunales federales inferiores, como aumentar el número de jueces para que esté a la par con el crecimiento de nuestra población o reformar los procesos relacionados con las órdenes judiciales a nivel nacional. Pero este momento exige una reforma inmediata de la Corte Suprema, dónde se están debatiendo cuestiones trascendentales para nuestra democracia, las cuales moldearán significativamente nuestro gobierno durante las próximas décadas.
Muchos consideran que la Corte es imposible de reformar. Pero sí es posible. El Artículo III de la Constitución, el cual establece el poder judicial federal, otorga al Congreso un control enorme sobre la estructura y el funcionamiento de la Corte. El Congreso ha modificado la composición y las normas de la Corte en numerosas ocasiones. Ha alterado las funciones de los magistrados y el orden del día de la Corte, establecido criterios de recusación, e incluso modificado el tamaño y jurisdicción de la Corte.
Ya es hora de que el Congreso actúe nuevamente y devuelva a la Corte al lugar que le corresponde en el sistema constitucional estadounidense. El Congreso debe aprobar con urgencia las reformas necesarias, incluidas las presentadas a continuación.