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Republican and Democratic mascots
Reza Estakhrian/Getty
Análisis

¿Pueden los partidos políticos salvar la democracia?

Pueden dejar de ser parte del problema y convertirse en parte de la solución.

Republican and Democratic mascots
Reza Estakhrian/Getty
mayo 27, 2026

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  • Quienes trabajamos a favor de la democracia debemos esforzarnos por ganar el apoyo de los dos partidos toda vez que podamos.
  • De una forma u otra, este período de abusos y corrupción debe traducirse en una era de reformas.

El partidismo tóxico que tenemos hoy está arruinando el país. ¿Y si los partidos políticos fueran una parte fundamental de la solución?

Ya sé, ya sé. Tienes sentimientos encontrados sobre los partidos políticos. James Madison también. En su ensayo federalista conocido como Federalist 10, publicado en 1787 bajo seudónimo, dijo que el objetivo principal de la Constitución era evitar “facciones”, que es el término que usaba la generación de los fundadores del país para referirse a los partidos políticos.

Pero tan solo cinco años después de haber criticado a las facciones, cambió de opinión y organizó un partido político. Esta vez, firmándolos con su verdadero nombre, comenzó a escribir “sinceros” ensayos donde elogiaba las facciones. Los partidos políticos, decía, son organizaciones “naturales de casi toda sociedad política”.

Los partidos no son malos; son necesarios e inevitables. Llamémosle hipocresía o pragmatismo madisoniano.

Pero Madison tenía razón en sostener una opinión ambivalente. En el mejor de los casos, tener partidos políticos fuertes puede hacer funcionar el país. En el peor de los casos, pueden convertirse en instrumentos de puro poder y dominio corrupto. La clave está en aprovechar su fuerza para el bien de la nación y, al mismo tiempo, evitar sus excesos.

Este es el tema del libro In Defense of Partisanship (“En defensa del partidismo”), escrito por el historiador Julian Zelizer de la Universidad de Princeton. Hablamos con él en el podcast del Brennan Center la semana pasada sobre cómo analizar los ataques de los republicanos contra la representación política de las comunidades negras en el sur del país. Les invito a que lo escuchen.

“Los partidos políticos han hecho cosas buenas”, señaló Zelizer. “Ha habido momentos en la historia estadounidense en los que la fortaleza de los partidos políticos realmente contribuyó a empujar a los Estados Unidos en distintas direcciones.

Los demócratas seguramente señalen el New Deal y a Franklin Roosevelt, cuando tenían un partido demócrata sólido... Y los conservadores probablemente hablen de Reagan durante la década de 1980 y el renacimiento del partido republicano luego del escándalo Watergate que empujó la política hacia la derecha”.

Pero Zelizer también ve los aspectos más oscuros del poder de los partidos: “No se puede tener partidismo sin salvaguardas”.

Sin salvaguardas. Eso estamos viendo en el brutal arrebato de poder para beneficio propio que, el año pasado, han puesto en marcha los republicanos con su manipulación de los distritos electorales en Texas. Los demócratas respondieron y casi empataron con los republicanos.

Luego, la Corte Suprema entró en la lucha política innecesariamente y eliminó las salvaguardas en el peor momento posible. Los magistrados básicamente anularon la Ley de Derecho al Voto (Voting Rights Act) cuando les dieron a los republicanos un arma nueva para avivar la batalla de la manipulación de los distritos.

Como era de esperar, lo que le siguió fue una carrera increíblemente rápida para eliminar escaños ocupados por los congresistas electos de raza negra en todo el sur del país.

La Corte Suprema nunca había intervenido de una forma tan drástica, ni tan cerca de las elecciones, ni con consecuencias partidistas tan predecibles. El único otro caso posible fue la decisión en la causa Dred Scott de 1857, que intentó prohibir la postura del partido republicano contra la expansión de la esclavitud. Pero tuvo un efecto extraordinariamente contraproducente: el partido republicano, recién fundado, ganó la presidencia, luchó en la Guerra Civil y abolió la esclavitud. Queda por verse si el regalo que la Corte Suprema de Roberts les está haciendo a los republicanos tendrá el mismo efecto boomerang.

Cabe aclarar que este no es un ensayo contra el bipartidismo. Quienes trabajamos a favor de la democracia debemos esforzarnos por ganar el apoyo de los dos partidos toda vez que podamos. En temas que van desde el sistema de justicia penal hasta la vigilancia del gobierno y el poder presidencial, existen sorprendentes espacios de cooperación entre los demócratas y republicanos, tal como el trabajo que están realizando los senadores republicanos Rand Paul (Kentucky) y Mike Lee (Utah) junto a los reformadores progresistas y conservadores.

Y algunos temas deberían ser totalmente neutrales. Los estadounidenses de todos los partidos políticos deberían defender a las autoridades electorales estatales y locales, que están intentando cumplir con su trabajo bajo una aplastante presión.

Pero, tal como lo habría señalado Madison, debemos volver nuestra mirada sobre los partidos políticos con franqueza. El país enfrenta ciertos problemas, como una corrupción sistémica, que precisan de una respuesta coordinada y organizada por parte de los partidos políticos.

De hecho, el problema de la corrupción ofrece la mejor oportunidad de solucionar la rígida polarización política que tenemos hoy en día. Los republicanos deberían aprovechar toda oportunidad que tengan de votar en contra de la construcción del salón de baile en la Casa Blanca o de la creación del fondo de sobornos de $1,800 millones, tildado de “antiinstrumentalización política”.

Los demócratas, que tienen la reputación de ser un poquito mejores que sus oponentes en materia de corrupción, deben demostrar que verdaderamente van en serio y que pueden lograr cambios. Tarde o temprano, más allá de quién actúe primero, se requerirá que la potencia política concentrada que emana de un partido al respaldar a sus políticos en los pasillos del poder rompa con las fuerzas concentradas del statu quo.

Algo similar debe ocurrir para responder a este frenesí de manipulación de los distritos. Los dos partidos están combatiendo cuerpo a cuerpo a lo ancho del país. Pero el Congreso podría tomar medidas inmediatas para prohibir la manipulación partidista de los distritos electorales y el trazado de los mapas a mitad de década.

Esa propuesta era parte de la Ley de Libertad para Votar (Freedom to Vote Act), que se aprobó en la Cámara de Representantes, y estuvo a punto de ser aprobada en el Senado en 2022, justamente en una votación que siguió las líneas partidistas. Ahora sería un buen momento para que los dos partidos se unan, con el fin de lograr este tipo de control de armas políticas.

No hay que ser ingenuos: ha habido momentos, como en la Era Progresiva de comienzos del siglo XX, en que republicanos y demócratas compitieron por el liderazgo de la reforma. Pero, por lo general, es un partido u otro el que toma la iniciativa y, a menudo, los congresistas del otro partido se suman al esfuerzo para agregar una nota de bipartidismo.

Y ha habido ocasiones en que las reformas fundamentales se aprobaron únicamente gracias al apoyo de un solo partido. Así fue como la Decimoquinta Enmienda, que prohíbe la discriminación racial en las urnas, pasó a formar parte de la Constitución.

El bipartidismo no garantiza la paz y tranquilidad. La última vez que el Congreso consideró la Ley de Derecho al Voto, el Senado la aprobó con un voto de 98–0 y el entonces presidente George W. Bush, con orgullo, la ratificó como ley. A los pocos años, los mismos republicanos que votaron esa ley se pusieron en su contra y convirtieron el negacionismo de las elecciones, en su sentido más general, en una causa de su partido.

Pero, de una forma u otra, este período de abusos y corrupción debe traducirse en una era de reformas.

No es demasiado pronto para comenzar a pensar en la era post-Trump. Sí, le faltan más de dos años de mandato. Pero se percibe una sensación indiscutible de que el trumpismo, que hace una década era una fuerza nueva, disruptiva y ofensiva, ahora se ha convertido en un statu quo incómodo y cada vez más criticado. ¿Qué le sigue? Eso depende de todos nosotros. Y de los partidos políticos corruptos y deshonestos que hacen que el sistema funcione o fracase.

Traducción de Ana Lis Salotti