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- Muchos miembros del Congreso ahora dedican la mejor parte de su tiempo a hablar con donantes, en lugar de legislar o reunirse con su electorado.
- Además, los nuevos congresistas de los dos partidos políticos e incluso los congresistas más establecidos que no ocupan cargos de liderazgo ejercen menos poder legislativo que hace algunas décadas.
En las elecciones primarias para el Congreso de este año, estamos viendo varios candidatos que intentan reemplazar a congresistas ya en su cargo. Pero, para cualquiera de los candidatos jóvenes que ganen en noviembre, todos los nuevos congresistas de los dos partidos políticos enfrentarán algunos desafíos nunca antes vistos a la hora de atender a su electorado.
La necesidad de recaudar más y más fondos, combinada con una creciente violencia política, y la pérdida de poder legislativo, hace del momento actual uno de los más difíciles en la historia moderna para que los nuevos congresistas puedan implementar sus iniciativas. El Congreso debe reparar estos obstáculos, y hay indicios de que esta reparación ya ha comenzado.
Muchos han comparado este momento con la época del escándalo Watergate, otro punto de inflexión en la política estadounidense. En 1974, impulsados por una fuerte indignación por el abuso de poder del ejecutivo y las guerras internacionales, una ola de 92 miembros nuevos entró al Congreso y reformó la institución. Uno de ellos, el exrepresentante George Miller (D-CA), afirmó luego: “Destruimos la institución porque prendimos las luces”.
Después de reformar el proceso legislativo, muchos miembros de la generación del ‘74 pudieron presidir comités e influir en los votos a favor de los proyectos de ley que presentaban, un logro inédito para los congresistas jóvenes. En la década de los 70, el Congreso reforzó su poder sobre la cartera federal, su control sobre la política exterior y muchos otros aspectos de la autoridad del Congreso que la rama ejecutiva está amenazando hoy en día.
Sin embargo, desde entonces, el poder de los miembros del Congreso se ha reducido a niveles peligrosamente bajos. Los nuevos congresistas enfrentarán obstáculos mucho más importantes a la hora de legislar que sus predecesores. Si se quiere aprovechar todo el potencial de esta coyuntura para revitalizar al Congreso, se deben afrontar esos retos.
Muchos miembros del Congreso ahora dedican la mejor parte de su tiempo a hablar con donantes, en lugar de legislar o reunirse con su electorado. Según un análisis realizado por la Brookings Institution, el monto promedio recaudado por los candidatos electos durante un ciclo de campaña se duplicó con creces entre 1986 y 2018, tras ajustar las cifras por inflación. Y un estudio reciente demostró que las tareas legislativas ocupan apenas un tercio de la agenda del congresista promedio, mientras que la recaudación de fondos políticos le consume una enorme porción del tiempo restante.
Para mi nuevo libro, hablé con un representante que me dijo que se pasa la hora de todos sus almuerzos hablando por teléfono a fin de recaudar el dinero que necesita para hacer una campaña de reelección competitiva, mientras realiza su trabajo legislativo.
El exrepresentante Zach Wamp (R-TN) señaló al referirse al alto número de retiros recientes: “No conozco a ningún miembro que se esté retirando que no haya mencionado las presiones de recaudar dinero... como uno de los factores que contribuyeron a su retiro... Se centran más en eso que en resolver los problemas del país”.
Además, los nuevos congresistas de los dos partidos políticos e incluso los congresistas más establecidos que no ocupan cargos de liderazgo ejercen menos poder legislativo que hace algunas décadas. Allá por 1974, los proyectos de ley pasaban por un proceso normal de debate dentro de los comités para luego ser aprobados, con muchas oportunidades para que numerosos miembros expresen su opinión.
Pero, durante las últimas décadas, ciertos cambios de procedimiento han centralizado cada vez más el poder en los cargos de liderazgo de los partidos. Esto permite que los proyectos de ley se lleven rápidamente al recinto para su votación, sin pasar por la deliberación normal en los comités y, por lo general, sin dejar mucho o nada de tiempo para que la mayoría de los congresistas puedan leer el proyecto.
Además, es muy improbable que los nuevos miembros puedan presidir comités u ocupar otros puestos de liderazgo necesarios para impulsar sus propias iniciativas, lo cual les limita aún más su poder legislativo.
El nivel creciente de violencia política plantea otro obstáculo importante. La Policía del Capitolio notificó casi 15,000 amenazas contra los congresistas en 2025, unas 6,000 más que en 2020. Los miembros del Congreso con los que hablé indicaron que el miedo a ser objeto de violencia los desalienta de ir a ciertas partes de sus distritos u organizar la cantidad de eventos que habrían organizado en sus comunidades si no sintieran ese temor. Las amenazas y los acosos también disuaden a otras personas de presentarse como candidatas o seguir en el cargo.
La expresidenta de la Cámara de Representantes Nancy Pelosi (D-CA), cuyo esposo Paul fue víctima de un ataque en su hogar en 2022, dijo: “Cuando hablo con... jóvenes sobre la posibilidad de presentarse a un cargo público... muchas veces oigo su reticencia porque no quieren poner en peligro a sus familias. Lo que más mencionan ahora como su mayor temor es el ataque que sufrió Paul... No podemos pedirle a la gente que ejerza un cargo de servicio público si el precio es la seguridad de sus familias”.
Además, cuando hablan en público sobre un tema o votan por un proyecto de ley o una destitución, los miembros deben considerar la posibilidad de repercusiones violentas. La exrepresentante Liz Cheney (R-WY) señaló: “Varios miembros me dijeron que habrían votado a favor de la destitución, pero tenían miedo por su seguridad”.
Sin poder hacer campaña, votar ni legislar sin las presiones del dinero y la violencia —y restringidos por los actuales procedimientos del Congreso—, a los miembros más jóvenes de hoy en día les cuesta mucho cumplir con su trabajo. Pero no tiene por qué ser así.
Las iniciativas de reformas durante los últimos años ya nos dan esperanza. El verano pasado, la Cámara de Representantes comenzó a otorgar a sus miembros un estipendio mensual para cubrir costos de seguridad personal y mayores fondos para su seguridad residencial. La sed del público y el impulso político por lograr una reforma de financiación de las campañas políticas ya se están sintiendo en el Congreso.
La historia nos demuestra que el Congreso es maleable, que se forma y se reforma por la acción de las personas y los procesos que lo habitan. El científico político Burdett Loomis describió las elecciones de la época de Watergate como “un punto de inflexión para la política estadounidense”.
Las efusiones bipartidistas de frustración y esperanza de cambio que definen este ciclo electoral sugieren que el dique podría estar a punto de quebrarse nuevamente, con la posibilidad de que entre una nueva ola de congresistas que venga otra vez a reformar el Congreso. El Congreso debe aprovechar el momento para instituir una reforma de financiación de las campañas políticas, combatir la violencia política y darles a sus miembros el poder que necesitan para representar mejor al pueblo estadounidense.
Maya Kornberg es autora del libro Stuck: How Money, Media, and Violence Prevent Change in Congress(Atascados: cómo el dinero, los medios y la violencia impiden el cambio en el Congreso), donde relata 50 años de esfuerzos de reformas en el Congreso, documenta las crecientes presiones del dinero y de la violencia que han impedido que estas reformas produzcan cambios genuinos, y plantea la urgencia de las reformas.
Traducción de Ana Lis Salotti