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- La cancelación de los fondos suspendió o interrumpió ensayos clínicos activos de nuevos tratamientos médicos prometedores.
- Los recortes arbitrarios de los fondos dificultan aún más las investigaciones futuras, porque destruyen los datos que ya se han recolectado y erosionan la confianza de las personas que participan en los ensayos.
A fines de abril de 2026, la administración Trump de repente removió a todos los miembros de la junta de asesores que supervisa a la Fundación Nacional de Ciencias (NSF, por su sigla en inglés), uno de los principales organismos científicos de la nación. Su concesión de subsidios ya se había reducido a niveles mínimos desde el comienzo del nuevo año fiscal, y ahora estos despidos hacen que el futuro de la agencia sea aún más incierto.
Lejos de ser un acontecimiento aislado, esta movida es tan solo la última de una serie de cambios de política unilaterales y sin precedentes que han provocado un caos en el mundo de la investigación científica en Estados Unidos, han menoscabado la autoridad del Congreso a la hora de controlar el gasto federal y, entre tanto, han puesto en peligro el futuro económico de la nación.
Las investigaciones científicas financiadas mediante los fondos públicos han impulsado avances científicos y tecnológicos históricos entre la Segunda Guerra Mundial y la actualidad, han definido la economía moderna y han moldeado innumerables áreas, desde la medicina hasta la tecnología de la información.
Durante este período, el apoyo del Congreso a las investigaciones científicas ha sido constante y bipartidario y ha reflejado la apreciación pública general de que los avances científicos son beneficiosos para la vida del pueblo estadounidense.
Donald Trump acabó con este consenso cuando volvió a la Casa Blanca en 2025. Durante las primeras semanas de su segundo mandato, se propuso congelar o cancelar miles de millones de dólares en gastos ya aprobados por el Congreso, exigió recortes más pronunciados para determinadas instituciones científicas y desmanteló a varias agencias científicas federales imprescindibles.
Estas drásticas acciones fueron desmedidas, arbitrarias y motivadas por propósitos políticos y no por su mérito científico o por un deseo genuino de implementar reformas legítimas y muy necesarias en la financiación de las investigaciones científicas. Y lo que es más importante, se realizaron prácticamente sin consultar al poder legislativo.
Por ejemplo, una menor concesión de subsidios por parte de la NSF contradice directamente el constante apoyo que el Congreso le ha ofrecido a la financiación pública de las investigaciones científicas.
Decisiones tan trascendentales como estas no le corresponden exclusivamente al presidente. La Constitución le da al Congreso el poder de incrementar los ingresos y decidir cómo gastar el dinero de nuestros impuestos, y eso incluye el dinero para las investigaciones científicas.
La función del presidente consiste en implementar las decisiones del Congreso en materia de gastos en su totalidad y con imparcialidad, no recortar, congelar y amenazar con retirar miles de millones de dólares en fondos, según se le antoje. Resulta revelador que el Congreso haya rechazado la gran mayoría de los recortes de Trump en el financiamiento de las investigaciones científicas cada vez que los puso a consideración.