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- Ahora vuelve a existir una necesidad urgente de establecer más límites a la presidencia.
- Es hora de que el Congreso reafirme su autoridad y respalde el principio fundamental de que en este país no hay reyes.
Las instituciones públicas estadounidenses necesitan reformas y renovación urgentemente. En las elecciones del 2024 fue la primera vez desde el siglo XIX que el partido en el poder perdió la Casa Blanca por tercera vez consecutiva. La confianza del público en el gobierno se ha desplomado a un nivel histórico. Está claro que la ciudadanía se siente abandonada, sin seguridad económica e insatisfecha con el gobierno que les representa.
Las crisis pueden motivar la innovación. Como Lincoln propuso, debemos pensar de manera diferente. Lo más importante no será a qué nos oponemos sino qué favorecemos.
Este es el quinto artículo en una serie sobre programas políticos. El Brennan Center empezó con propuestas para combatir la corrupción, reformar la Corte Suprema, desbloquear al Congreso y proteger el derecho al voto. Pronto propondremos ideas de cambios constitucionales, entre otras.
Nuestras soluciones deben ajustarse a las dimensiones de los retos. Se propone con ellas solucionar los problemas de la actualidad, no los de hace 10 años ni de 1975. El proyecto de reforma debe contar con la participación de ambos partidos y de quienes no pertenecen a ningún partido. Las mejores ideas no son de izquierda ni derecha: reflejan el deseo urgente de las personas descontentas en el centro.
En toda la historia, con frecuencia pero no siempre, las reformas se producen después de los escándalos y las crisis. Si tomamos medidas, de los actuales enfrentamientos puede surgir un periodo de renovación y renacimiento democrático.
Michael Waldman
Presidente y director ejecutivo
Brennan Center
La expansión del poder ejecutivo es el gran problema constitucional de nuestros tiempos. Todos los presidentes anhelan tener poder, y el tira y afloja entre la rama ejecutiva y la rama legislativa es típico en nuestra historia. En el último siglo, el poder ejecutivo, ha acumulado poder en vaivenes, mientras los controles han perdido fuerza. Una presidencia fuerte es importante para el ímpetu y la eficacia del gobierno, pero cuando no es posible hacer que aquellos en el poder rindan cuentas por sus actos, hay pocos recursos para impedir que abusen de este.
Donald Trump, particularmente durante su segundo mandato, se ha propuesto expandir radicalmente la autoridad del ejecutivo y liberarse del rendimiento de cuentas de la democracia. Se despliegan fuerzas militares a ciudades estadounidenses bajo débiles pretextos de reprimir la disensión. El presidente ha hecho uso de su cargo para que su patrimonio neto se incremente en $3 mil millones. Emergencias inexistentes y leyes arcaicas encubren sus intentos de aumentar su poder, lo que socava las libertades civiles y desestabiliza la economía.
El gobierno promueve la violencia por parte de los agentes de inmigración con la promesa de “absoluta inmunidad”. Lanza una guerra sin la autorización del Congreso. Se rescinden o retrasan miles de millones en los fondos federales para forzar a los estados y a las entidades privadas a seguir las órdenes de Trump. El Departamento de Justicia actúa como el estudio jurídico personal del presidente al perseguir a sus enemigos políticos y apoyar su campaña para socavar las elecciones.
Los abusos de Trump se basan en la expansión de las potestades del ejecutivo por sus predecesores. Pero la presidencia no se volvió tan poderosa por sí sola. Las demás ramas son cómplices de este peligroso desbalance del gobierno estadounidense.
Con demasiada frecuencia, el Congreso no ha logrado defender sus poderes constitucionales. Cuando su autoridad y la de la presidencia coinciden —incluso cuando la Constitución le otorga primacía— el Congreso ha cedido terreno repetidamente con resistencia mínima a los presidentes que se exceden.
Este patrón se volvió particularmente pronunciado después del 11 del septiembre, cuando el Congreso, en nombre de la seguridad nacional, otorgó a los presidentes poderes demasiado extensos que permitieron que el gobierno libre guerras secretas y evada las medidas de protección que otorga la Constitución contra el espionaje a los estadounidenses.
La Corte Suprema, encabezada por su presidente John Roberts, también tiene gran parte de la culpa. El fallo en Trump contra Estados Unidos, que concedió a los presidentes extensa inmunidad penal, pasará a la historia como una de sus peores decisiones. El tribunal de Roberts ha tergiversado las leyes para beneficio de Trump repetidamente, con frecuencia con decisiones sin explicación respecto a sus casos de emergencia.
Sin duda, ha habido excepciones. Por ejemplo, la Corte ha rechazado perceptiblemente el abuso por parte de Trump de los poderes presidenciales de emergencia, entre ellos su tentativa de imponer aranceles internacionales. Pero en la mayoría de los casos, la balanza de la justicia bajo la corte de Roberts se ha inclinado hacia Trump.
Tras periodos de expansión del poder ejecutivo, el Congreso ha reafirmado su función y creado controles. Tras los abusos de Watergate y la Guerra de Vietnam, por ejemplo, el Congreso promulgó varias reformas para limitar la presidencia imperial, entre ellas nuevas leyes con el propósito de establecer límites razonables en el financiamiento de las campañas políticas, controlar los poderes de guerra del presidente y proteger las facultades del Congreso en materia de financiación.
Ahora, medio siglo más tarde, vuelve a existir una necesidad urgente de establecer más límites a la presidencia. Es necesario delimitarlos y reforzar nuestro sistema de controles antes de que el cambio en los poderes de la presidencia pase a ser permanente. Toda potestad que el presidente reclama pasa a ser precedente para quienes ocupen la Casa Blanca en el futuro; cada límite que el presidente traspase puede convertirse en uno que el próximo presidente estará menos dispuesto a respetar. Sin oposición, las afirmaciones excepcionales de hoy se volverán una práctica habitual de mañana.
Es hora de que el Congreso reafirme su autoridad y respalde el principio fundamental de que en este país no hay reyes.