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- Los votantes expresaron una crítica amplia y demoledora sobre cómo funciona la política y cómo nos afecta a todos.
- Los legisladores deben formular una agenda de reformas más profundas para fortalecer nuestra democracia.
Las elecciones de ayer fueron históricas gracias al pueblo. Significaron un rechazo a Donald Trump, una condena a la corrupción y un grito de angustia económica. ¿Fueron los resultados electorales algo más que eso? En los próximos meses y años, es nuestro deber asegurarnos de que sí lo sean.
En lo que va del siglo hemos tenido 13 elecciones nacionales. En 10 de ellas, el partido en el poder perdió el control de la Casa Blanca, el Senado o la Cámara. Vivimos en una era de profundas inconformidades que, a menudo, las elites políticas ignoran hasta que ya es demasiado tarde. Esta fue, una vez más, una elección marcada por el voto de castigo.
Pero fue mucho más que eso. Por su magnitud y alcance inesperados, recordó a otras elecciones pasadas, como la generación Watergate de 1974, la revolución republicana de 1994 o el contundente fracaso de 2006 —episodios de derrotas decisivas de un partido que dan paso a una nueva oleada de líderes jóvenes e inesperados. El presidente Trump insistió en que él mismo estaba en la boleta electoral. Los votantes estuvieron de acuerdo.
Los votantes expresaron una crítica amplia y demoledora sobre cómo funciona la política y cómo nos afecta a todos. En encuesta tras encuesta, la corrupción fue una de las principales preocupaciones. En una encueta a la salida de las urnas de NBC News, el 90 por ciento dijo que la corrupción fue fundamental o un factor principal en cómo votaron. Para la ciudadanía estadounidense en 2026, la corrupción es algo visceral. Abarcaba cómo un sistema dominado por grandes capitales eleva los precios y destruye las oportunidades, trayéndonos tanto centros de datos como estafadores.
Y no olvidemos: la garantía de que el electorado tendría la oportunidad de hacerse escuchar con tanta claridad estaba muy lejana.
La administración Trump libró una campaña durante un año y medio para socavar las elecciones. Sus principales maniobras —desde desmantelar la votación por correo mediante una orden ejecutiva, impulsar la restrictiva Ley SAVE, forzar a los estados a realizar purgas masivas de sus padrones electorales— hubiesen afectado a millones de personas. Esos esfuerzos fueron bloqueados por los estados, tribunales, las autoridades locales dedicadas, por la ciudadanía en todo el país y los grupos defensores del derecho al voto, incluido el Brennan Center.
Nos enorgullece el papel de liderazgo que desempeñamos en esta campaña. Fue un triunfo importante para la sociedad civil frente a la totalidad del poder del gobierno federal. Tendremos más por decir durante nuestro próximo evento el 9 de noviembre, que será presencial en Washington y se trasmitirá en vivo.
En la recta final, los abogados de Trump se vieron obligados a emplear ridículas maniobras para intentar interferir en la administración de las elecciones. Según mis cuentas, el Departamento de Justicia sufrió seis derrotas jurídicas en las últimas 48 horas antes del día de las elecciones. En una de ellas, la Corte Suprema rechazó unánimemente las pretensiones de la administración Trump sin siquiera esperar a que nuestra parte radicara sus escritos.
Al final, los ciudadanos en su pluralidad se impusieron por encima de cualquier intento de obstaculizar la votación. Y, afortunadamente, la jornada electoral transcurrió con tranquilidad y sin grandes incidentes en todo el país. No hubo despliegue de agentes de ICE a los centros de votación, no se declaró una emergencia nacional, ni hubo una llegada estrepitosa de grupos de vigilantes.
Incluso Trump le dijo al The New York Times que aceptaba los resultados. Las amenazas continuas de impugnar la certificación del resultado electoral deberían desaparecer vergonzosamente. El pueblo se ha pronunciado.
Otro factor que podría haber silenciado el mensaje de los votantes fue la asombrosa cantidad de dinero gastada por un puñado de multimillonarios y un billonario. Este fue el intento más descarado de comprar una elección desde finales de 1800. Y los votantes lo rechazaron contundentemente. Fueron, tal vez, las elecciones generales más enfocadas en reformas desde 1974.
Candidatos como el senador electo James Talarico en Texas encontró una forma de transformar ese gasto en una crítica contra las fuerzas que manejan las grandes sumas de dinero. Esto sembró una nueva forma de hacer política en torno a un tema a veces considerado anodino: el papel del dinero en la política.
¿Qué significa todo esto para los próximos meses y años?
En Washington, a los demócratas se les concedió una oportunidad. Deben aprovecharla, comprender que el electorado rechazó a Trump, pero aún no los han respaldado. Deben demostrar una visión clara y determinación para actuar.
La nueva mayoría dice que quiere combatir la corrupción. Los discursos y la publicidad son maravillosos, pero lo que necesitamos es acción. Las iniciativas legislativas pueden reconocer un problema y generar divisiones. A veces, los acuerdos bipartidistas se pueden forjar cuando el asunto es muy importante para los votantes. Y, si no es así, existen cosas peores que forzar un veto presidencial de gran visibilidad.
Habrá supervisión, también, sobre la rama ejecutiva y sus maniobras autoritarias.