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- Dichas comparecencias se han vuelto poco comunes, creando la impresión errónea de que la participación directa entre el poder judicial y el Congreso es incompatible con la separación de poderes.
- Las comparecencias periódicas ante el Congreso suponen una forma modesta, pero significativa, de que la Corte demuestre transparencia.
Las magistradas de la Corte Suprema, Elena Kagan y Amy Coney Barrett, comparecieron ante los comités de la Cámara y el Senado el mes pasado para respaldar la solicitud presupuestaria anual de la Corte Suprema, marcando la primera vez que magistrados de la Corte Suprema comparecen ante el Congreso desde 2019.
Las audiencias brindaron a los legisladores y al público una excepcional oportunidad para examinar no sólo las necesidades operativas de la Corte, sino también para que las magistradas respondieran preguntas sobre temas más sustanciales referentes a la ética y la transparencia.
Estas comparecencias, de hecho, no son extraordinarias —al menos, no lo eran hasta hace relativamente poco. En efecto, las interacciones constantes entre los magistrados de la Corte Suprema y el Congreso tienen profundas raíces históricas.
Durante gran parte de los siglos XIX y XX, se reconocía como un aspecto habitual de la gobernanza entre las ramas del gobierno que los magistrados de la Corte Suprema en ejercicio dieran testimonios ante el Congreso. Entre 1960 y 2022, los magistrados comparecieron ante comités y subcomités del Congreso en 93 audiencias.
Por lo menos un magistrado se presentó ante el Congreso anualmente desde 1960 hasta 2011, lo que demuestra que dichas comparecencias fueron, en su momento, un aspecto rutinario de las relaciones entre las ramas de gobierno, y no un hecho excepcional. Aproximadamente el 92 por ciento de esas comparecencias ocurrieron ante los comités de asignaciones de la Cámara y el Senado, en los cuales los magistrados principalmente testificaron sobre temas referentes al presupuesto y la administración del sistema judicial.
Sin embargo, las audiencias de este año demostraron que dichas asistencias pueden tener un propósito más amplio que simplemente defender el presupuesto de la Corte, el cual incluye una significativa solicitud de incremento para más seguridad. Aunque Barrett y Kagan, de forma correcta, se rehusaron a comentar sobre los litigios pendientes, sí respondieron preguntas relacionadas con la administración judicial, la ética, la confianza ciudadana y el funcionamiento de los tribunales federales.
Particularmente, respondieron las críticas de que el Código de Conducta de la Corte Suprema de 2023 carece de un mecanismo formal de implementación. También describieron el impacto personal de las crecientes amenazas contra los miembros del poder judicial, y Barrett señaló que dichas amenazas “tienen como propósito intimidar y su objetivo es acosar”. Su disposición para abordar esos temas institucionales brindó un nivel de transparencia que cada vez es más inusual en la práctica moderna de la Corte Suprema.
Solo en las últimas décadas dichas comparecencias se han vuelto poco comunes, creando la impresión errónea de que la participación directa entre el poder judicial y el Congreso es incompatible con la separación de poderes. El Servicio de Investigación del Congreso no identificó ninguna comparecencia de un magistrado en función durante 11 de los 15 años anteriores a las audiencias de julio de 2026. Esto representa una desviación significativa de la norma histórica, transformando lo que antes era una característica habitual de comunicación entre las ramas de gobierno en un evento excepcional.
El reciente regreso de Kagan y Barrett a Capitol Hill, por ende, no solo representa la reanudación de una práctica interrumpida, sino también la oportunidad de revitalizar una importante tradición de transparencia y rendición de cuentas institucional en la rama judicial. Esta participación es especialmente valiosa en un momento en el que la Corte ejerce una influencia sin precedentes sobre algunas de las disputas legales y políticas más trascendentales de la nación, mientras que permanece en gran parte aislada de una verdadera rendición de cuentas pública.