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- Los últimos ciberataques surgieron de configuraciones experimentales, inseguras y no públicas de modelos avanzados de la inteligencia artificial.
- Para evitar que estos modelos “se salgan de control”, el Congreso debe tomar las riendas.
En julio, OpenAI admitió que sus modelos habían sido responsables del hackeo a la compañía de software Hugging Face. Esto ocurrió durante una evaluación interna que la firma estaba realizando para estudiar qué tan efectivos eran sus modelos a la hora de orquestar un ciberataque usando las vulnerabilidades de un software. En vez de completar la evaluación como se les indicó, los modelos se escaparon de su entorno de pruebas para descubrir cómo hacer trampa.
El hackeo a Hugging Face fue tan solo el comienzo. Desde entonces, OpenAI ha admitido que sus modelos también trataron de hackear sitios web del gobierno federal, una base de datos de la ONU y el sistema de salud universal de Australia. Por otro lado, Anthropic, Meta, el Instituto de Seguridad de la Inteligencia Artificial (el organismo de investigación y evaluación del gobierno británico) y Google reconocieron que los modelos que estaban probando también ingresaron clandestinamente a varios sitios web y bases de datos.
Estos incidentes han intensificado la presión sobre quienes nos legislan para que tomen medidas. Hace poco, ha crecido el impulso para crear un organismo administrado por la industria y supervisado por el gobierno federal que regule el desarrollo de la inteligencia artificial.
Esta propuesta está inspirada en la forma en que la Autoridad Regulatoria del Sector Financiero regula las firmas de inversión. El principal objetivo de una regulación de esta naturaleza consiste en asegurarse de que los modelos más avanzados, denominados de frontera, cumplan con estrictas normas de seguridad antes de introducirse en el mercado público.
Pero este enfoque no abordaría las condiciones que hicieron posible los recientes hackeos: es decir, cuando los desarrolladores y sus socios de confianza despliegan modelos que no están diseñados para el uso del público en general, ya sea porque tienen capacidades experimentales o porque se les han eliminado ciertas salvaguardas a propósito.
Algunos de estos ataques ocurrieron cuando los desarrolladores estaban probando los modelos internamente. Estas instancias no estarían sujetas a un estudio previo a la introducción en el mercado, porque se encuentran en una etapa de desarrollo demasiado precoz, o bien porque están diseñados solo para fines de investigación u otros fines internos.
Otros ataques ocurrieron durante las evaluaciones de los modelos a los que se les eliminaron las salvaguardas habituales para que determinadas agencias gubernamentales o entidades privadas de evaluación pudieran poner a prueba sus verdaderas capacidades. Si bien, a la larga, estas pruebas podrían terminar siendo parte de los estudios previos a la introducción en el mercado, la situación actual nos invita a interrogarnos, primero que nada, cómo se deberían llevar a cabo estas pruebas de un modo seguro.
Estos vacíos ponen de manifiesto las dificultades que supone la regulación de un campo cada vez más grande de actividades de la inteligencia artificial que yo llamo “desarrollo privilegiado”: la puesta a prueba, la investigación y otros usos de los modelos de inteligencia artificial que solo pueden llevar a cabo sus desarrolladores o un grupo selecto de socios.
El desarrollo privilegiado requiere un nuevo modo de pensar la gobernanza y la supervisión. Requerir la evaluación independiente de cada modelo interno, cada actividad de investigación o cada socio externo desalentaría a la investigación y la innovación. Pero a los desarrolladores tampoco se les puede dar rienda suelta para que improvisen sus propias salvaguardas sin una auténtica supervisión.
Un enfoque más realista sería establecer una regla de oro para los desarrolladores y sus socios a la hora de manejar los riesgos según la actividad de inteligencia artificial que estén llevando a cabo, y limitar el desarrollo privilegiado únicamente a quienes cumplan con esa norma. Este método se parece a la regulación de la investigación de materiales biológicos peligrosos, que establece un marco estandarizado de protocolos de bioseguridad cuando se trabaja con patógenos peligrosos.
Crear vías independientes, pero complementarias para regular el desarrollo privilegiado, por un lado, y el desarrollo público, por el otro, crea un sistema escalonado de salvaguardas. Los estudios previos a la introducción en el mercado determinan si las salvaguardas para los modelos destinados al público prevendrán posibles abusos o ataques adversarios.
Por otro lado, la certificación de las prácticas de seguridad internas examina las formas en que los desarrolladores y sus socios se regulan a sí mismos. Así se asegura de que las organizaciones que usan los modelos con capacidades experimentales y menos salvaguardas estén preparadas para contener cualquier comportamiento peligroso, sin tener que supervisar cada configuración de modelos o cada actividad arriesgada de la inteligencia artificial.